¡Ah! Lucio Cornelio. Uno de los muchos cuyas plantas acabaron por hoyar siglo tras siglo el sencillo mosaico de esta sala. Este fue Sulla o Sila, según traductores más o menos puristas. Como Sila ha quedado en el imaginario popular si es que le siguen dedicando algún espacio en él.
Todos fuimos jóvenes, Sila también, pero la suya fue una juventud turbia, de dignidad herida, de miseria y conciencia de status. Mala combinación ¿A que niveles tuvo que llegar el joven Lucio Cornelio, el Sila embrionario, para subsistir? ¿Cuánto no tendría que envilecerse para prosperar sin abjurar de la pesada condición patricia? La lenguaraz historiografía, que no le es amable, se place en tejer una historiada toga de iniquidades, amancebamientos, astucias, pecados vergonzantes, vicios ocultos, violencias criminales con la cual revestir su figura maltrecha de anciano dictador.
Su grande crueldad, aunque no mayor que la de aquellos sobre los que se impuso a sangre, la explican los cronistas chismólogos como una proyección en vejez de aquellos pecados tempranos madurados, más rancios e imperdonables, más capaces de mal.
Pero ¿No fue acaso Sila, Lucio Cornelio, niño que lloró la muerte de su madre? ¿No sufrió una indigencia exquisitamente trufada de decadencia, de pasado ilustre, de máscaras de cera cubiertas de polvo en un atrio descuidado?
Aquella República muerta y bulliciosa como todo cadáver putrefacto alimentaba con sus entrañas el fermento de nuevas clases surgidas de las viejas, de brotes rebeldes del tronco gentilicio, de hombres nuevos llegados de la campiña. Patricios y plebeyos, Senado y caballeros, oligarquía y ciudadanos, ciudadanos y censo, romanos y, en fin, los otros romanos. Asesinatos, conjuras, sangre ilustre tiñendo el fango del Foro, luchas en las calles, cólera de los dioses.
El joven Cornelio se perdió en la ciudad. Sintió el amor de mujeres y ¡ay! también de hombres. La muerte de su padre lo encontró amancebado con su madrastra dicen unos. Tenía un cierto punto edípico el buen Lucio Cornelio, a qué negarlo. Otros afirman que fue una prostituta griega quien lo sostuvo con sus sudorosos caudales. Humillante.
Cuando un marcial pero talludito Mario se lo llevó de cuestor a Numidia aprovechó el tirón. Cuando ayudó a capturar al escurridizo Yugurta se presentó como contrapunto de gloria patricia al éxito del plebeyísimo Cayo Mario que ni cognomen tenía.
¿Por qué metió Mario a esta astuta y maliciosa zorra aristocrática en el gallinero de sus triunfos? Quizá era de aspecto cándido el Sila de aquel entonces, quizá no le pareció enemigo a considerar aquel don nadie que miraba con terneza a los legionarios más aguerridos. Necesitaba acallar a los más pimpolludos senadores con un nombre de relumbrón. Un Lucio Cornelio sin fortuna ligado a su suerte, la gens Cornelia estaba bien.
Aprendió de Mario, un hombre de armas de genio, un general nato. Extrajo de él lo que pudo. Nada podía significar para un Cornelio una sombra de gratitud hacia un Mario, descartada. Sila se aupó en la turbulencia de ineptos que maniobraban el timón de la República boqueante. Era ágil, duro, extravagante. Un desconcierto continuo para los engolados nobles que se encontraron, sin saber cómo y de pronto, haciéndole la corte ¡Qué placer pasar de humillarse ante sus inferiores a ser adulado por sus iguales!
Mario no soportó ni entendió el ascenso de su pupilo. Un enemigo formidable se ganó Lucio Cornelio en la pesada y circunspecta figura de su poco amable mentor.
Ya no había ley, ni mos maiorum, ni tablas, ni consultos. El Senado fue un teatro, las elecciones la farsa que habían sido siempre, pero ni las formas se guardaban ya ni los resultados amañados eran dados y tenidos por buenos.
Luchó y ganó sus laureles en las guerra de los socios o sociales. Y lo auparon, que le tocaba ya, al consulado. Tuvo su guerra en Oriente. Mitrídates quería ser Alejandro cuando ni Alejandro pudo serlo. Sila no quería nada de Alejandro pero quería todo de Mitrídates. Y lo obtuvo.
Pero primero luchó por su ejército con su ejército y ocupó la ciudad expulsando a Mario y a los suyos que habían querido negarle el mando y la gloria. Marchó a Grecia y fue venciendo.
Volvió a los tres años, armado, harto de tonterías y resistencias. Venció a sus enemigos, huérfanos de Mario, en batalla frente a la misma Roma, cuyas puertas barrieron sangre romana al abrirse para recibirle en triunfo.
Entró en el Foro con sangre en las sandalias, pisó esta sala con las suelas viscosas, marcando con un cerco rojo las losas centenarias, se sentó en el lugar de uno de los cónsules y procedió a mancharse las manos tanto como lo estaban sus pies.
Proscripción. Sila estaba hasta los cojones de dignidades, de nuncas jamases, de lloriqueos, de curiacios, horacios y las madres que los trajeron al mundo. Estaba muy cansado de viejos chochos sentados en las gradas del templo, de ocas graznando al enemigo. Por lo que e él respectaba podían darle mucho por culo a la loba y a sus mamones. Sila estaba harto. Proscripción.
No les dejó ni ojos con los que llorar. Nadie que se le opusiera, nadie. Cónsul no bastaba. Dictador le cuadraba más. Nadie se opuso, no quedaba quien.
Gobernó, legisló, proscribió un poquito más y volvió a ser Cónsul. Pero una mañana Lucio Cornelio Sila se dio cuenta de que era viejo, de que ya no tenía enemigos ni lucha ni ganas. Convocó al Senado aquí, en esta sala, en este cabañón inadecuado y les dijo; Que me voy. Ahí os quedáis, le dijo, que os zurzan mucho, les dijo, me largo, me piro al campo ¿A qué? Pues a follar básicamente, si consigo que se me levante todavía que, la verdad sea dicha, no estoy yo muy seguro ¿Cómo que a quién? Pues a mi mujer que es jovencita y a mi novio Metrobio que ya no lo es tanto pero que sigue estando bastante potable en particular y en general a todo lo que pille ¡Llamadme Felix panda de necios!
Y los dejó con cara de tontos para que empezaran inmediatamente a desgarrarse los unos a los otros y a la ciudad y al imperio y al pestilente cadáver de la República.